En La Madrid, las continuas inundaciones dejaron huellas de humedad en las fachadas y en el interior de las casas. Muchos vecinos cubrieron sus paredes con cerámicos u otros materiales para ocultar esas marcas y devolverles resistencia a los muros.
Sin embargo, a principios de marzo de este año, el agua de una nueva inundación les devolvió esas cicatrices y dejó otras nuevas: trazos verdosos, oscuros, grisáceos, negros. Una franja de humedad cruzando las paredes como un registro que indica hasta dónde llegó el agua.
Las marcas recorren las paredes como un lazo que une las casas. Su altura oscila entre un metro y más de dos metros en las zonas más afectadas por los anegamientos. Y las marcas dicen: “el agua cubrió esta mesa, esta cocina, esta cama, este hogar completo”.
También hay huellas anteriores, cicatrices de otras inundaciones. Trazos de humedad por todas partes: la memoria del agua en las paredes.
Los habitantes de la localidad sufrieron grandes crecidas durante los años 1992, 2000, 2017 y marzo de este año. “Cada una fue más fuerte que la anterior”, aseguran los vecinos. “ Y cada persona en La Madrid puede decirte a qué inundación corresponden las distintas marcas de sus casas”, comentan los pobladores. Además, también hubo anegamientos que causaron daños en 1998 y 2015, aunque de menor magnitud.
La Madrid nació en octubre de 1876. Cómo otros pueblos del sudeste tucumano, su origen se vincula a la expansión del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX. En la localidad viven poco más de 5.000 personas distribuídas en alrededor de 2.000 viviendas, según el Censo 2022.
Profesionales que trabajaron en el lugar, como parte de la Comisión de Emergencia Hídrica conformada por la Legislatura provincial en 2017, explican que, cuando se inunda La Madrid, el agua tarda en desagotar y eso genera ese rastro tan nítido que permite dimensionar el el nivel de la inundación en las distintas zonas: expone sobre todo la línea donde el agua se estancó, lo que indica que durante la crecida la altura podría haber sido mayor.
El agua se filtra por los microporos del revoque y los muros la absorben. Luego aparecen las manchas generadas por esa impregnación, el revestimiento pierde cohesión y, en muchos casos, cae dejando una rasgadura de ladrillos a la vista: un pueblo de dos mil casas, muchas de ellas lastimadas por el agua.
Muchos vecinos intentan reforzarlas con distintas técnicas para evitar que el material se desmorone. Algunos colocan cerámicos o revestimientos; otros realizan “planchados” de cemento y arena para reducir la humedad, y también están quienes aplican pinturas o lacas especiales para conservar la cohesión del revoque. En muchos frentes de viviendas de La Madrid pueden verse esas soluciones superpuestas entre marcas de inundaciones.
Sin embargo, completan los especialistas, las paredes secan rápido al calor del potente sol tucumano y eso les permite recuperar su firmeza, aunque las manchas permanezcan visibles por fuera.
Surge entonces una imagen, la tentación de una metáfora: las cicatrices exteriores que dialogan con la fortaleza interior de quienes siguen esperando respuestas. Atravesada por las marcas que deja el agua, transcurre la vida de este pueblo que resiste entre el temporal y la reconstrucción.
En muchos casos, la humedad no les permite a los vecinos reinstalarse completamente en sus hogares. Los patios quedan convertidos en una especie de campamento donde debe transcurrir la vida hasta que sequen el interior de las viviendas. Incluso afuera de las casas, hay ropa u objetos que aún se están secando o permanecen cubiertos de barro.
María Rivadeneira tiene 79 años y reside en La Madrid desde que nació. Vive en la que fue la casa de su madre y hoy es la suya. Entre los retratos repartidos sobre los muebles del comedor, la mujer conserva una foto tomada por LA GACETA luego de la inundación de 1992.
En la imagen, María, 34 años más joven, atraviesa la calle en bicicleta. Detrás de ella, sobre los muros de una casa, se observa la marca del agua: el nivel al que llegó la inundación. Tres décadas después, María vuelve a pasar en bicicleta por el mismo lugar. Donde antes estaba aquella marca, hoy se observan los ladrillos expuestos tras el revoque roído. Por encima de esa altura, aparece la huella de la última inundación.
Mientras muestran las "cicatrices" de humedad en sus casas, los pobladores vuelven a señalar la necesidad de obras para evitar nuevas inundaciones. En 2026, La Madrid cumple 150 años y muchos vecinos remarcan que es un momento clave para encarar la problemática con una planificación adecuada y sostenida: para que las heridas que dejaron las crecidas comiencen a sanar.